Un análisis de más de 140 países revela que la edad mediana de los principales líderes mundiales ronda los 64 años. El relevamiento muestra diferencias entre regiones y sistemas políticos, con mandatarios de avanzada edad en varios países y dirigentes más jóvenes en parte de Europa y América del Sur.
Entre los casos más destacados figura Paul Biya, presidente de Camerún, de 93 años, quien permanece en el poder desde 1982. La diferencia entre su edad y la edad mediana de la población camerunesa, estimada en 18 años, refleja uno de los contrastes generacionales más pronunciados del panorama político internacional.
En las principales economías del G20 también hay dirigentes mayores de 80 años. El presidente de Brasil, Luiz Inácio Lula da Silva, y el mandatario estadounidense, Donald Trump, tienen esa edad, mientras que entre los líderes menores de 50 años mencionados en el estudio figuran Giorgia Meloni, primera ministra de Italia, y Emmanuel Macron, presidente de Francia.
La permanencia en el poder presenta diferencias importantes según el país. Vladimir Putin, presidente de Rusia, acumula cerca de 27 años en el Gobierno si se incluyen sus periodos como primer ministro, mientras que Recep Tayyip Erdoğan, presidente de Turquía, suma aproximadamente 24 años al considerar también su etapa al frente del Gobierno.
África concentra varios de los casos más prolongados de permanencia en el poder y una marcada distancia entre la edad de sus dirigentes y la de sus habitantes. El análisis señala que, de 41 países africanos incluidos en la base de datos, 31 están clasificados como autocracias, y ocho de los diez líderes de mayor edad del continente gobiernan países que pertenecen a esa categoría.
El estudio también identifica diferencias entre democracias y regímenes autocráticos. En las democracias liberales analizadas, ningún líder habría superado los diez años en el cargo, mientras que en algunas autocracias existen mandatarios con más de cuatro décadas de permanencia. Los datos describen tendencias políticas y generacionales, aunque la edad de un gobernante, por sí sola, no determina la calidad de su gestión.

