viernes, abril 12, 2024
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El eterno retorno de Zhivago

Manuel Mercado Gordillo

En 1965, bien entrada la Guerra Fría, se estrenaba el filme “Doctor Zhivago”, basado en el libro del mismo nombre del poeta ruso Boris Pasternak. Relata la compleja y tortuosa vida del personaje Yuri Zhivago, poeta y médico ruso durante la Primera Guerra Mundial y la revolución bolchevique de 1917, desde una visión profundamente personal e intimista que cuestiona muchos aspectos políticos de ese período.

Considerado como un libro de denuncia contra los excesos del comunismo soviético, marcaría de manera contundente el imaginario popular occidental durante muchas décadas. No por nada sigue siendo uno de los 10 filmes más taquilleros de todos los tiempos (considerando la inflación).

Ya en los años 60 muchos sabían que el éxito de ventas de la novela, el premio Nóbel a su autor y la enorme popularidad del filme estaban más asociadas a una campaña de propaganda anticomunista organizada por los Estados Unidos, que a la innegable calidad literaria de Boris Pasternak. Sólo recientemente tres libros dan detalles precisos sobre la participación de la CIA en este exitoso montaje de propaganda global.

Muchas de las imágenes y conceptos transmitidos por esta obra, más allá del análisis ideológico o de la exactitud de las mismas, han contribuido decisivamente a poblar el imaginario anticomunista global y local.

Imágenes como la casa de la familia Gromeko subdividida y entregada a moscovitas sin techo o su casa de campo confiscada por el Gobierno son clásicos referentes para aquellos que quieren alertar sobre el peligro que corre la propiedad privada con los comunistas. Los diálogos que presentan a un poeta vetado por el Gobierno, la falta de sensibilidad gubernamental hacia su obra y hacia la poesía y frases como “La vida privada ha muerto en Rusia…” han alimentado por décadas los miedos de los sectores más conservadores a la pérdida de libertades personales. Y ni qué decir de la siempre activa KGB, los campos de trabajos forzados y Gulags y el ordenamiento colectivista de la sociedad soviética.

Luego de la campaña anticomunista de los años 60, nuevas y diferentes oleadas de propaganda se replicaron en el mundo y especialmente en Latinoamérica. Las vinculadas con los horrores de las guerrillas marxistas, los fracasos de las economías planificadas, la violencia de los partidos de izquierda que se enfrentaban a las dictaduras militares, las persecuciones contra disidentes ideológicos y otros 100 conceptos fueron, año tras año, sedimentando en esta región del mundo las creencias populares e hipersimplificadas sobre el comunismo.

Y a pesar de que ya pasaron más de 30 años desde la caída del Muro de Berlín y más de 100 años desde la Revolución Bolchevique, el fantasma anticomunista a lo Zhivago aún quita el sueño a muchos y hoy vuelve a tocar en nuestros oídos con los mismos argumentos y los mismos ritmos.

De la mano de casos como el secuestro y tortura de periodistas en Las Londras, la derogada Ley 1386 o las palabras del dirigente Huarachi en la Marcha por la Patria, vuelve a agitarse el fantasma anticomunista en el país. Los sectores más conservadores vuelven a rasgarse las vestiduras y a alertar al país sobre el Castro – Chavismo que se avecina, los Gulags que se están construyendo y la persecución desatada contra la libertad, la familia y las buenas costumbres.

Esto me lleva a dos constataciones y una duda comunicacional. La primera constatación es que las creencias sociales sobre determinados áreas amplias y complejas como la política se construyen a partir de “capas y sedimentos” de información que se van acumulando y articulando durante años y décadas. El miedo al indio y el miedo al comunismo son miedos consustanciales a la sociedad boliviana desde hace generaciones.

La segunda es que la comunicación política exitosa no crea nuevas realidades o significados, sino que activa, potencia y reelabora creencias e imaginarios ya presentes en diferentes sectores de la sociedad, recontextualizándolos y poniéndolos a tono con el lenguaje, los actores y las claves de la época. El maléfico Eje Pekín – Moscú volvió después de más de medio siglo, pero ya no a través de la Internacional Comunista, sino del Foro de Sao Paulo.

La duda es sobre la difícil relación entre experiencia y creencia. ¿Cómo explicar que siga calando el discurso anticomunista de un Estado contrario a la propiedad privada en Bolivia cuando la experiencia te dice todo lo contrario? Me imagino que ningún otro Gobierno entregó tantas viviendas sociales (en propiedad, no en alquiler), impulsó los préstamos bancarios tanto para vivienda, vehículos y consumo (el patrimonio privado) e incorporó la propiedad privada a la Constitución. Habrá mil peros, pero esa es la realidad.

En este entorno socio – político y comunicacional, Zhivago tiene la virtud de volver cada cierto tiempo a nuestras mentes, no como clásico cinematográfico, sino como habitante permanente de los miedos bolivianos. Cómo sea, bienvenido.

Para tener en cuenta:

  1. Los Secretos que Guardamos (Lara Prescot, Seix Barral), la novela blanqueada; El doctor Zhivago de Pasternak entre la KGB y la CIA (Iván Tolstói, Galaxia Gutenberg) y El expediente Zhivago (Peter Finn y Petra Couvée, editorial Bóveda) son las novelas que, con base en documentos desclasificados por la CIA, describen la forma en la cual la novela de Pasternak fue utilizada por la agencia en una campaña propagandística antocomunista mundial.
  2. Cuba, Venezuela y Nicaragua son vendidos a nivel internacional como las nuevas bestias negras del comunismo latinoamericano. Bolivia y Argentina, con decibeles menos, también son presentados como malos ejemplos de gobiernos socialistas. México encabeza el Grupo de Puebla y es presentado como parte de la nueva entente comunista que reemplaza al maléfico Foro de Sao Paulo. Y el proceso constituyente de Chile es presentado por la ultraderecha de su país como comunista. Zhivago volvió, pero no sólo a Bolivia.
  3. El único poster de película que tengo enmarcado desde joven, es de Doctor Zhivago.

Manuel Mercado Gordillo es especialista y asesor en comunicación política.

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